La semana pasada me llamó
este señor de la Municipalidad Metropolitana de Lima para que le muestre mis
proyectos en su oficina, debido seguramente a que participé en el encuentro con
los jóvenes de Susana Villarán y mencioné el poco apoyo que dan los municipios
a iniciativas de ciudadanos que como yo quieren ofrecer un servicio innovador
al público, en mi caso un taller de creación de literaturas híbridas. Como la
semana la tenía complicada, le dije que el lunes y él me dijo ok, que lo llame
cuando estuviera en la puerta para que me haga subir hasta el quinto piso en el
que estaba. Cuando le pregunté qué cargo tenía o qué era no me dijo más que: “a
la subgerencia de educación diles que vas”. Ok, le dije.
El lunes 5 de noviembre de
2012 lo llamé y me dijo que no podía porque era el día del trabajador y que iba
a salir con los trabajadores y todo el mundo se iba a ir a su casa temprano. No
entendí. Será el día del trabajador municipal, bienintencionadamente pensé dado
que el día del trabajador es el primero de mayo que en nuestro país se celebra
desde 1905, pero en fin. Quedamos para día siguiente y me volvió a pedir que
lleve todo lo referente a mis proyectos impresos, cuando le pregunté si se los
podía envíar por mail, me dijo que tenía computadora, pero no Internet.
Cuando llegué a la
recepción, portería o ese lugar que era entre una sala de espera “en
construcción” mal iluminada; con trabajadores haciendo pasar un buró por un
angosto pasillo, gritando “a ver muévanse, muévanse” sin que nadie hiciera caso;
gente con buscando papeles en portafolios abiertos preguntándole al guachimán
que respondía muchas cosas con cara de no sé nada, y cuatro o cinco ventanillas
inoperantes tras una de las cuales un solo señor solitario sosteniendo su
cabeza con un par de dedos en la ceja y el pulgar en el mentón, como si
estuviese viendo porno en una 486 del año de la pera mirando a un lado y otro,
esperando que nadie lo moleste; fui a que me comuniquen con el citado señor que
llamaré Fujimori, para no dar su apellido real dado que reiteradas veces ocultó
su identidad y porque a pesar del mal trato brindado, como la misma ciudad de
la que es funcionario, me da lástima. En ese sentido me aproximé a la señora
que estaba sentada en un buró al lado de esas cajas con celdas para documentos de
identidad y pases en medio del pasillo que conducía a los ascensores y la
escalera y por encima de la que pasaron los tozudos trabajadores llevando quién
sabe a dónde un escritorio, me pidió su DNI señor, ¿con quién quieres hablar? Con
el señor Fujimori de la subgerencia de educación por favor, he quedado en una
cita con él para esta mañana. Levantó su anexo y habló no sé qué chismes con alguien,
que la hizo reir, preguntó no sé qué cosas en voz bajita, me miró con cara cínica
para seguir hablando, mientras un uniformado de seguridad le bromeaba al
costadito apoyado en el escritorio y yo, un poco escéptico de todo lo que
sucedía en mi surreal alrededor, llamaba al señor Fujimori para decirle que ya
había llegado, que estaba abajo y que la portera no me dejaba pasar hasta
haberse comunicado con él.
En ese momento la señora, a quien llamaremos la rechonchita
J, me dice “No me contesta, seguro está en una
reunión” y el señor Fujimori me dice en mi celular: pásame con ella. Le dije a la
rechonchita J, me estoy comunicando con él y me dice que lo comunique con usted. No
me dejan hablar por celular, por acá me tengo que comunicar, me respondió señalándome
su viejo anexo con el mismo gesto cínico que tenían todos ahí, como el de un
señor que pasa por mi lado diciendo por el celular: seguramente no están
haciendo nada, riéndose. No podía creerlo y tampoco tuve ganas de preguntarle ¿quién
no la dejaba? El señor Fujimori me dijo que ya bajaba para ver eso.
Al cabo de un rato llegó,
con la misma cara, vieja, cansada, ojerosa y sin ilusiones, que tienen todos
los funcionarios públicos a decirme que pase. Lo seguí hasta un ascensor viejo
y hermoso, donde le fui contando que mi proyecto de taller literario, solo
necesita de un espacio cedido por la Municipalidad y su apoyo en la difusión,
porque lo estoy realizando en diferentes centros culturales simultáneamente. “Los
trabajadores de la municipalidad son muy celosos, debes tener mucho cuidado”,
me dijo y después de unos minutos sabría a qué se debían sus advertencia.
Mientras tanto su silencio me recordó que la transparencia municipal es de una
oscuridad kafkiana aterradora.
Apenas llegamos me invitó amablemente
a que me siente. Un señor obeso en el buró de su lado no respondió mi buenos
días y siguió “trabajando” como si estuviese comiendo un sánguche en una cabina
de internet. Habían otros dos escritorios que en total hacían cuatro, pero esos
otros dos estaban desocupados. Así que me pidió mi proyecto y lo leyó en
silencio.
Después de unos minutos,
me dijo que le parecía interesante y que si pensaba cobrar por mi taller. Le respondí
que sí, que en la Casa de la Literatura por ejemplo estaba cobrando 50 soles al
mes. Y me miró con la misma risa cínica de todos ahí, del peruano que quiere
ayudar entorpeciendo, como la del ignorante al que le preguntas por una calle y
te manda a cualquier sitio en vez de decir no sé. Y me dijo que la
Municipalidad, por ser una institución que da apoyo y servicio a la comunidad
no cobraba por sus actividades, entonces le dije que ese tema lo podíamos
tratar mediante donaciones de los participantes pues al fin y al cabo mi
interés es también el de brindar un servicio a la comunidad y realizar mi
proyecto personal antes que simplemente lucrar con él.
Fue en ese momento que se
acomodó en su sillón para reestructurar sus argumentos y yo; viendo que mi mañana
se estaba yendo en una reunión con un señor que me había prácticamente citado
para decirme que no voy a recibir ningún apoyo, como suele suceder en las
instancias administrativas de gobierno; saqué mi cámara y le dije que quería
filmar su respuesta a mi pregunta: ¿de qué forma me puede ayudar la
Municipalidad de Lima? Luego de decirle que no tenía pensado cobrar nada y él
había dicho que la Municipalidad solo ofrece servicios gratuitos de apoyo a la
comunidad como el que yo estaba ofreciendo. Pero después de palabrear un
sinsentido acerca de que no se puede hacer así nomás, de lo difícil que es
presentar y aprobar un proyecto, al ver la cámara se quedó mudo y me comenzó a
decir que la apague, que así no trabaja la Municipalidad, que no se pueden
filmar las conversaciones que tienen lugar en el local municipal. En ese
momento se me ocurrió que el título del cuento debía ser “La transparencia
política”. Ya sin esperanzas de trabajar con la municipalidad. Apagué la cámara
y le pregunté amablemente qué es lo que se puede hacer. Enojado me dijo: no
pues, este proyecto no lo puedes presentar así nomás, acá tienes que poner el alcance a
quiénes quieres llegar, la cobertura; esto va a necesitar internet, tienes que
poner cuánto va a costar llevarlo a cabo, quién te va a financiar, sabes qué, déjame
tus papeles y ya nosotros te llamaremos; como si yo hubiese ido ahí a dejarles
mi curriculum y fuesen una empresa que puede disponer de mano de obra barata y
desechable.
Cogí mis cosas y me fui
sin hacer el menor ruido para escribir esta historia, que comparto con ustedes alrededor de la fogata.

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