martes, 27 de noviembre de 2012

Una invasión

Esta semana los integrantes del Taller Alrededor de la fogata, que se celebra los sábados de noviembre y diciembre en la Casa de la Literatura Peruana, trabajamos en la corrección y edición de una tarea que consistió en escribir en grupo la historia de una invasión. No se dijo nada más del asunto. Cada uno se encargo de responder a una de las preguntas que le darían forma a esta narración, sin saber qué es lo que haría el otro. Éste ha sido el resultado.

Bienvenidos sean todos a la fiesta de la literatura.




¿Quién? – Michelle García

Ellos, los habitantes del Planeta 23, estaban cansados de su habitual y monótona vida. No sabían qué hacer con tanta inútil tecnología desperdigada y difícil de reciclar, sentían que todos sus conocimientos no hacían nada más que acrecentar el insondable vacío inexplorado que tenían en el interior.

Desde su lejana guarida en una galaxia similar a la Vía Láctea, un común crecía en un pequeño y curioso grupo de habitantes jóvenes que vivía acostumbrado a la rutinaria y aburrida cotidianidad, quienes habían escuchado hablar a los sabios de P23 sobre otras formas de vida, alejadas de su no tan amado hogar.

Estos sabios se reunían una vez cada cuatro meses y a una de estas esporádicas reuniones asistió el grupo de jóvenes curiosos liderados por Beta. Mientras más hablaban los viejos acerca de la vida que habían descubierto en Lugar X, el público quedaba anonadado. Cada palabra que pronunciaban sumergía más profundamente en el asombro a aquella audiencia que fantaseaba con un lugar como el descrito.

La conversación con los Ellos fue lo que motivó a Beta a querer explorar aquel lugar nuevo. “Si ellos pudieron, ¿por qué nosotros no?”, les decía a sus amigos una y otra vez. Fueron seis al comienzo, luego cinco, y finalmente cuatro los que tomaron la decisión de ir más allá y no quedarse en el Planeta 23, pues estaban hartos.

Si P23 era el sueño de cualquier joven, por la cantidad de tecnología y la realidad cuasi virtual en la que vivían sin problemas y gratuitamente, ¿Por qué Beta y sus amigos querían irse? La respuesta era simple. A pesar de gozar de comodidades de todo tipo, se sentían incompletos.

La vida en ese lugar, era diferente en ciertos aspectos, allí no existía el rozamiento. Las fuerzas eran diferentes: No había contacto. Las zapatillas y las llantas de los vehículos tenían un sistema de eyección de gases que los mantenía en constante suspensión, así como los trenes que mediante gigantes imanes se conducían por sus túneles sin rozar las paredes. Incluso la ropa que vestían estaba hecha de un material que se acomodaba al electromagnetismo del cuerpo para que estando vestidos cada uno se sintiera como desnudo dentro de sus ropas incluso las sillas y las camas eran espacios que mantenían los cuerpos flotando en el aire en perfecta comodidad. Y así habían vivido durante miles de años perfeccionando su tecnología para que en la ciudad los cuerpos no se rozaran. Todo este avance de miles de años en investigaciones, experimentos, descubrimientos e inventos para que nadie sienta el contacto directo con el otro. Solo un grupo de adinerados, pagaban a científicos de renombre para que trabajen en la construcción de un simulador, que imite –o intente imitar– la fuerza de fricción o rozamiento.

Aunque todas las casas contaban con un dispositivo inhibidor de fuerzas para poder acercarse a la experiencia del contacto, resultaban muy difíciles ciertas acciones cotidianas como el saludar a alguien, darle la mano, un beso, o siquiera un abrazo. Se requería de mucha habilidad y paciencia para lograr algo similar a un apretón de manos. Éste era el motivo por el cual, los habitantes del Planeta 23 eran fríos, distantes, calculadores y algunas veces hasta hoscos.

Tenían apariencia humana, aunque eran un poco más altos que el promedio, su personalidad era inconstante. En general, tenían estados de ánimo muy cambiantes, sentían con más intensidad y eran más vulnerables que cualquier otro ser. Se deprimían con facilidad y su condición de no poder tocarse los hacía a veces infelices.
A pesar de todo, eran apasionados con lo que hacían, tenían grandes ideales y cuando se proponían algo lo lograban. Esta vez, para Beta y sus amigos, no iba a ser la excepción, su decisión de conocer otras formas de vida, fue poco a poco tomando forma y hasta le pusieron hora y fecha. Todo estaba planeado bajo un estricto y riguroso método, la invasión a Lugar X iba a resultar exitosa.

¿A quién? - Soleil Cuéllar

Lugar X estaba infestado de “humanos”. Una plaga de seres creados a la imagen y semejanza de un dios ausente, que ellos mismos crearon.

Lo único que querían era tener a Lugar X sometido al placer del poder y a las órdenes del demonio del dinero. Los humanos eran seres interesantes. Su aparente racionalidad los hacía absurdos. Su “dios ausente” los alejaba de las manos de la soledad y del vacío que cavaban. Seres tristes que amenazaban, sobornaban y corrompían su destino y aún así no podían escapar del dios del tiempo, que tenía una macabra fascinación por jugar la ruleta rusa con sus vidas y su porvenir, arrastrándolos a las redes del Ángel de la muerte.

Pero eran hipócritas. El ángel de la muerte era humano. Se hacían las víctimas. Temblaban ante su imagen, pero no podían verse en el espejo y ver que eran unos asesinos. Eran abominables, traidores, lujuriosos, mentirosos, cobardes que temían a sus propias creaciones, disfrutaban exterminando a su misma especie. Eran una creación blasfema, unos gusanos que se arrastraban a los pies del demonio del dinero y del placer. Unos terroristas que se autodestruían, unos exterminadores, asesinaban la moralidad que ellos mismos anhelaban. Aún así reclamaban su supremacía y engendraban una descendencia aún más detestable.

Los humanos son unos dictadores que deben ser derrocados, unos seres que deben dejar de existir.

¿Por qué? – Luis Castro

Ellos tenían una razón. Desde el inicio buscaron el porqué de las cosas. Miles de años de investigación los llevaron a creer que habían obtenido el conocimiento universal.

Pero al saberlo todo, perdieron su motivo para vivir y poco a poco su raza y su legado fue muriendo.

Pasaron décadas para que volvieran a tener un motivo por el cual vivir. Decretaron (llegaron a la determinación o determinaron) que eran profetas de la sabiduría y como tales debían propagarla a nivel universal.

Usaron sus conocimientos para diseñar tecnologías que les permitieran atravesar el universo, pero en cada planeta al que llegaban fueron rechazados por la ignorancia de sus habitantes.

Entonces llegaron a otra conclusión: ya que el resto de seres no lograba comprender la misión que se habían propuesto tendrían que imponer su ayuda a la fuerza. Ellos pensaban que su superioridad los guiaría a la victoria.

Usaron sus mentes como los instrumentos más poderosos para formar un ejército. Poco a poco comenzaron a conquistar a otras razas y criaturas. Su imperio se hacía más grande.

Entonces llegaron a su primer gran error. Creyeron haber descubierto que eran dioses y que, como tales, debían imponer su fe y su razón.

Su reinado creció más y más, siendo adorados por las diferentes formas de vida del universo.

Pero como en todo reinado, hubo una rebelión. Sus más confiables aliados los traicionaron con los mismos conocimientos que ellos les habían dado.

Hubo una gran guerra de la cual salieron victoriosos. Pero ese evento trajo un efecto secundario, comenzaron a pensar que solo podían confiar en ellos mismos y se hicieron impenetrables. Sus conocimientos eran un peligro, por lo tanto todo aquel que los poseyera que no fuera un ser divino, como ellos a los que la razón los había llevado a atravesar los cielos cósmicos, debía ser eliminado.

Asesinaron a todo ser viviente que tuviera sus conocimientos. Niños jóvenes, adultos y ancianos, no sintieron remordimiento, su lógica era cada vez más fuerte e implacable.

Comenzaron de cero pero esta vez solo se dedicarían a gobernar la utopía creada por ellos para que no sea destruida por sus inferiores súbditos.

Reestructuraron su ideología y rearmaron lo que quedaba de su ejército para comenzar la conquista de un nuevo mundo.

No cometerían el error dos veces. Por un universo mejor debían crear un imperio en el que solo ellos manejaran el conocimiento necesario para gobernarlo.

Lamentablemente quedaban pocos planetas con vida en ellos.

Para mantener su legado debían conquistar lo poco que quedaba del universo.

¿Cómo? – Kami Velvet

Era un día normal, se habían despedido con un beso y la promesa de encontrarse más tarde.

Estaba regresando a su casa, sentada en el mismo bus de todos los sábados. Semáforo rojo. Al costado (en otro bus) una niña que era ella a los nueve años, le hacía muecas, como imitando a un cantante de ópera. Ha llegado el momento, había escrito sobre esto. Los viajeros del tiempo, pensó. Siempre quiso desencadenar el fin del mundo, pero todas las noches rezó para no estar sola. Estaba sola. Antes de que todo empezara solo tuvo tiempo para decirle a la anciana que estaba a su lado “Te amo, todo va a estar bien”.

El cielo se puso oscuro. Todas las sirenas de los bomberos del mundo en sincronía, la banda sonora. Por fin todos nuestros deseos se están haciendo realidad. Por fin seremos los protagonistas de una película en cartelera.

Tres cruces aparecieron en el cielo, las familias se tomaron las manos. La anciana se echó a rezar y ella solo sentía una briza escalofriante sobre su rostro. El mundo estaba esperando que las naves llegaran, pero nada de eso pasó.

Silencio absoluto.

¿Dónde están? ¡Llévenme, yo soy el elegido! gritaba un loco.

Pánico y convulsiones. ¿En dónde estará mi familia? se preguntaba con una sonrisa. La niña bajó del bus y se encontraron en medio del caos. Se tomaron las manos sin decir nada y caminaron juntas con los otros. 

¿Por qué la gente siente tanto miedo?

¿Por qué no siento miedo?

La multitud se aglomeró junto con su pasado en las calles, nadie decía nada y entonces las sirenas volvieron a sonar. Cayó al suelo. Sus poros se abrían y ella no podía hacer nada. Cada parte de su cuerpo se convertía en una persona más. Era la madre de mil hombres que despertaban sobre la tierra.

El mundo que había conocido como hogar era ahora la estación final de un experimento que tomó años en concluir. La niña miraba extasiada a su conejilla de indias y tomaba formas familiares como para calmarla. 

Esto se repetía en todo el mundo.

¿Quiénes son?

¿Qué desean?

Cerró sus ojos y despertó en el mismo bus de todos los sábados, una niña que era ella a los nueve años, le hacía muecas como imitando a un cantante de ópera.

¿Dónde? – Raúl Portilla

La ciudad amanecía y una brisa repentina agitó levemente la cortina. El verano y sus primeros días infundían en ella motivos suficientes como para avanzar sus textos en prosa. Las ganas de escribir tendrían que llegar a ser. Pero también los colores de la mañana le abrían un curioso apetito por algo de comida marina. Brakazia era la ciudad poseedora de los mejores restaurantes de toda la costa de Krumvik. Era conocida como la meca de las fusiones en cuanto a platos preparados en base a pescados y mariscos. Pero bueno. Varinka, ahora levantada de la cama, abría esa cortina de flores, y con la tibia luz del Sol percibía desde la ventana los primeros vientecillos de la mañana. Una mañana de verano en aquellos días de mayo.

Lo que hizo de inmediato fue empezar a escribir el texto que tenía que enviar por correo a su profesora de psicología. El texto a escribir tenía que describir dónde se producirían ciertos hechos a narrar, y aunque Varinka no era de escribir por escribir, accedió desde ella misma a teclear de una vez la laptop en Word.

El lugar que describiría en esa única carilla, aparecía como un campo árido, no tan ancho aunque muy extenso en camino recto hacia una montaña forrada naturalmente de enredaderas, y ese extenso camino, aquella explanada, contaba con ínfimos desniveles en el terreno, con poquísimos árboles y uno que otro riachuelo, las gentes eran falaces, hoscas y abruptas, incultas, soeces, agazapadas en sus hechuras. De fisonomía idéntica a la humana. Pero eso sí, con las cejas más pobladas que lo normal en los humanos. Vaya a saber uno el porqué.

Dicha explanada era conocida como una franja desértica bordeada al margen izquierdo por una larga carretera. La comida en esas tierras era pésima y desde allí uno podría desentrañar los misterios más enmarañados de dicha especie. En resumen, Varinka escribió y escribió y llenó la carilla con lo que “le pidieron” que escriba. Y aunque ahora ella está de viaje y viendo otros temas, también de importancia, se supo que pronto nacerá un nuevo libro suyo, de ciencia ficción, y el título de la obra, por ahí se escuchó, tiene que ver con toda esa historia que le dejó de tarea su profesora de filosofía. Y eso que el verano recién está comenzando…




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